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martes, 7 de agosto de 2012

Capítulo 53. De derecho nada


Si en Colombia se cumplieran la Constitución Política de la Republica y las leyes, el proceso por el homicidio múltiple de los indios Cuibas no habría existido; si en Colombia fuera cierto que el debido proceso se aplica a toda clase de actuaciones judiciales y administrativas, tal proceso no hubiera existido sino en alguien con la imaginación de Kafka. Parece exagerado, pero quizás no lo sea, afirmar que tiene más violaciones de la ley procesal que diligencias. No olvidemos que en Colombia es aforismo: “Las Leyes y las mujeres se hicieron para violarlas”.
Si se trata de un proceso por varios homicidios, la más elemental lógica exige que se determine la existencia de los muertos y su número; y de los homicidas y su número. En este proceso ni lo uno ni lo otro está probado: La ley colombiana ordena que la existencia de las personas se prueba con sus registros civiles de nacimiento, y su muerte con sus registros de defunción. Ninguno de los indios muertos tiene ni lo uno ni lo otro. Los Cuibas, Los Guajibos, Los Salivas, Los Piarocas, son tribus nómadas cuyo hábitat es la región donde se une la Amazonía con la Orinoquia, la región de Caciquiare; por tanto, por razón del lugar de su nacimiento, pueden ser colombianos, venezolanos o brasileros; ellos nacen como las aves o como los insectos: en donde lo disponga el viento, la naturaleza.
Por ese motivo de ellos no hay registros civiles de nacimiento, ni de matrimonio ni de defunción, ni ante quien sentarlos.
Por tanto no votan, y si no votan no tienen importancia política, tampoco pagan impuestos, de manera que tampoco tienen importancia económica; y como no piden asistencia social, pasan desapercibidos.
Algo más: como aún se cree por muchas gentes, como lo hemos visto a lo largo del proceso, que los indios son irracionales, que no tienen alma, para esos tales, no aportan almas al paraíso, ni para el cielo, ni para el infierno. Quizás por eso sea que allá no hay obispos, ni curas, ni presbíteros, ni pastores, ni ministros, ni hermanos, ni rabinos, sólo chamanes. Luego, no tienen importancia religiosa. En una frase: Los Cuibas, Los Guajibos, Los Salivas, Los Tucanos etc., no tienen importancia para nadie. Increíble, triste, pero es la verdad.
Decíamos que ninguno de los indios muertos tenía registros civiles ni cédula de ciudadanía, luego no hay forma legal de probar su existencia.
Como si esto fuera poco, la de los homicidas, tampoco puede probarse, porque tampoco tienen tales documentos. De ellos dicen los declarantes, al parecer ganaderos y con importantes apellidos venezolanos: “La gente que trabaja en los fundos son llaneros con muy poca instrucción, pero a pesar de ello son sanos y honrados… ” “…. Los que hay ahora son casi indios, que se civilizaron….” de modo que siguen siendo honrados de costumbres rudas y feroces, los “centauros indomables” de que habla el himno nacional.
Por tal la razón de que no existen sus registros civiles ni sus cédula de ciudadanía en sus versiones, que unas veces las llaman declaraciones y en otras indagatorias, pero no son ni lo uno ni lo otro por que como declaraciones carecen de requisito legal de ser juradas; y como indagatorias del haberse tomado en presencia de un apoderado; además no llevan sus firmas porque son analfabetas y si bien están  firmadas a ruego, por un agente y el jefe de la agrupación rural venezolana, tampoco estos están identificados legalmente en Colombia, quienes presumiblemente estaban ilegalmente en nuestro territorio; y ¿Por qué firman esas diligencias funcionarios venezolanos? Sencillamente porque, en un momento dado, el juez de Colombia y el juez de Venezuela que investigaban los mismos hechos, no sabían si estaban en Colombia o en Venezuela y, salomónicamente, resolvieron hacer diligencias híbridas o hermafroditas. Las firmaban los dos y las escribían por duplicado. A nosotros nos correspondió la copia al carbón, en papel timbrado como de Venezuela ¿Una diligencia judicial practicada simultáneamente por dos jueces o inspectores de policía o lo que fueren, pertenecientemente a dos repúblicas diferentes y sin saber cuál era el que estaba en territorio de jurisdicción, tendrá valor en algún país? Legalmente ni en Colombia, ni en Venezuela ni en ninguna otra parte; pero en Colombia fue la base del proceso.
¡Y de las cartas rogatorias, ni para qué hablar! Son simples boletas escritas, dirigidas a los funcionarios que imaginaron competentes, sin intervención de los ministerios de Relaciones Exteriores, pero encabezadas con las palabras “Carta Rogatoria”.
Del caudal de versiones, solo las de los procesados, que ni son declaraciones ni indagatorias, coinciden en cuanto que, mataron indios Cuibas y la forma, más ni siquiera coinciden en el número no obstante su palmaria honradez. Según ellos los numeran pueden ser cinco, siete, ocho o más. Su honradez al respecto es palpable: uno de ellos, con mentalidad de cazador, dice: “A mí me corresponden dos y medio.”
De la inspección judicial practicada en similar forma, solo se obtuvo un talegado de una sustancia gris, en la que sólo identificó el Instituto de Medicina Legal la pezuña de un perro.
Muchas más “joyas” procesales podría enumerar, pero estas me parecen más que suficientes, para dejar establecida la carencia total de pruebas.
Para cerrar el capítulo basta recordar que en la providencia de llamamiento a juicio, proferido por el juez superior, obviamente sin fundamento probatorio alguno, él resuelve decir que los indios muertos fueron dieciséis, pero al nombrarlos solo le resultaron quince. Y que ni el defensor, ni el fiscal que era quienes podían hacerlo legalmente pidieron el cambio de radicación del proceso. Este se decretó “de oficio” por el Gobierno Nacional, que no forma parte de la Rama Judicial del Poder Público.

lunes, 6 de agosto de 2012

Capítulo 52. Un poquito de teología


Producido en Villavicencio el veredicto absolutorio unánime de los procesados, los señores obispos de Colombia, en “Conferencia Episcopal” condenaron la absolución.
Yo me pregunto: ¿Jesús, el Cristo habría hecho lo mismo? Creo que el defensor de la mujer adúltera, no por adulterar sino por falta de culpa, no habría condenado a unos homicidas, no por homicidas sino, por ignorancia invencible, porque estaban en el error.
            Y estoy seguro que Tomas de Aquino, el “angélico”, el doctor de la iglesia católica, los habría absuelto porque él, profundo conocedor de lo que es la Ley Eterna, la Ley de Dios y la Ley Humana, del Derecho y de la Justicia, dice:  “La Ley eterna, tal como en sí misma es, solo pueden concederla Dios y los bienaventurados….”  (Suma teológica 1ª / 2ª Q. XCIII art. II) y agrega: “La costumbre establecida no de palabra solamente sino por hechos muy repetidos, puede llegar a tener fuerza de ley, aboliendo la anterior vigente y sirviendo de interpretación de otras leyes.” (Suma Teológica 1ª/ 2ª  Q. XCVII a II).                         
El mismo angélico doctor distingue los actos del nombre que nos son comunes con los animales, como comer y reproducirse, y los actos humanos, que nos son propios, como pensar y juzgar. Los actos del hombre, como los de los animales, los rige el instinto; los actos humanos, los propios del hombre, los rige la voluntad.
Los actos humanos, conscientes de sus medios y de sus fines, son voluntarios y en esto se distinguen de los instintivos. Los actos voluntarios pueden ser libres o no serlo; libres cuando los ejecutamos con conocimiento de causa, después de habernos representado otros actos posibles y haber elegido entre ellos, de modo que todo acto libre es voluntario, pero no todo acto es libre. La voluntad es el poder de obrar con conocimiento de causa; la libertad es el poder determinarse de sí mismo, teniendo conciencia de poder determinarse de otro modo.
En cuanto surge una imagen en la conciencia del animal, éste la realiza; pero cuanto surge en la conciencia de un hombre, éste reflexiona sobre esa imagen y se pregunta: ¿lo hago o no lo  hago? Es lo que se llama la voluntad. La voluntad es el poder de obrar con conocimiento de causa.
La advertencia es condición necesaria del acto voluntario, porque nada se quiere sin previo conocimiento. Querer es primordialmente obrar con conocimiento de causa, sabiendo lo que se hace y por qué se hace. Si se quita la reflexión, la actividad solo es instintiva.
La voluntad puede tener defectos: tal es la falta de reflexión y la falta de decisión. Cuando las condiciones son defectuosas, los condicionados se resienten de ello.
Y llegamos al meollo del problema: el hábito. El hábito es una costumbre adquirida por la repetición, por la larga y constante práctica, de actos de la misma especie o ejercicio.
En cuanto a la matanza y esclavitud de los aborígenes del Nuevo Mundo, los indios, sean éstos Guaraníes, Cuibas, Guajibos o de cualesquiera otras familias, es una costumbre cinco veces centenaria, adquirida por su repetición constante desde el descubrimiento mismo de estas tierras. Veamos unas pocas, entre las muchas, referencias históricas: En el siglo XV, Colón en su segunda carta a los Reyes Católicos les propuso abiertamente el comercio de esclavos y sin esperarse a la autorización, que nunca la tuvo, empezó a enviar indios como esclavos a España, en el siglo XVI, el predicador Fray Antonio de Montesinos, en célebre discurso, dijo: “Todos  estáis en pecado mortal, y en el vivís y morís…”; en el mismo siglo XVI el papa Pablo III se pronunció diciendo que los indios son hombres. En el XVII, un escritor e investigador tan famoso como José Gumilla, dijo en “El Orinoco Ilustrado”: “A vista, pues, de tantas cosas nuevas, es preciso que no cause novedad el que los hombres, que la Divina Providencia… Para que disfruten de tierras, mares, ríos, bosques, prados y selvas nuevas… pertenezcan también a hombres nuevos, y no causen tanta menor novedad cuanto menos se reconoce en ellos de racional…”. En el XIX, un espíritu de selección como Julio Verne, no vaciló en poner en manos de la tierna hija del coronel de Francia De Kermor pistolas y suficientes municiones para enfrentarse a los Cuibas”, y a su fiel sargento Marcial, además carabina: de igual manera que Germán Paterne, naturalista botánico y a Jacques Helloch, explorador, ambos al servicio del Ministerio de Instrucción Pública de Francia, además con fusiles. En el  XX José Eustacio Rivera y Rómulo Gallegos, escritores de primer rango de Colombia y de Venezuela, entre otros en sus obras “La Vorágine” y “Doña Bárbara”, ya lo hemos visto con detalle, cuentan la explotación inhumana de los indios y en el XXI, a diario oímos en los buses de servicio público de Bogotá, expresiones como estas: “Indio animal, aprenda a manejar”, ¿“No oyó el timbre, indio animal?


domingo, 5 de agosto de 2012

Capítulo 51. Algo de filosofía


¿Por qué los procesados no son asesinos sino “hermanos de la espuma, de las garzas, de las rosas y del sol”, es decir, gentes de espíritu bello?
Veámoslo: hay consenso universal en el principio de Aristóteles de que “el hombre es un animal social”, por tanto, que el hombre solo vive en sociedad. El hombre solo no se concibe, solo en memorable novela, y aun así no estaba solo porque lo acompañaban los recuerdos de otros hombres y sus realizaciones.
Pero, ¿en qué sociedad vive el hombre? En la suya, desde luego, que está en permanente cambio: la sociedad de Aristóteles y de su prominente discípulo, Alejandro Magno, el conquistador y el Emperador del mundo antiguo, no es la misma de su otro discípulo magno del siglo XIII, Tomas de Aquino, el Santo, el doctor de la iglesia católica, y mucho menos de nuestra sociedad.
En la nuestra jamás pensó Aristóteles. Difiere de la de él en el vestido, en las habitaciones, en los medios de transporte, en las comunicaciones, y, sobre todo, en las costumbres: la religión, la familia, el matrimonio, el divorcio, el aborto, la eutanasia, las relaciones entre padres e hijos, entre gobernantes y gobernados, entre los jóvenes entre sí, entre las prácticas del sexo, en el uso del alcohol y en la drogadicción etc.
Así también las costumbres de los llaneros difieren de las de nosotros, los del interior, y no por culpa de ellos ni de nosotros, sino de los gobiernos; somos parte de Colombia: el llanero difiere del rolo, del paisa, del costeño, del negro, del pastuso, del opita, etc., pero mientras estos últimos grupos estamos más o menos unidos por carreteras, periódicos, radiodifusoras, colegios y universidades, los llaneros están incomunicados o levemente comunicados con el interior. Salvo las carreteras de Bogotá a Villavicencio y la de Sogamoso a Yopal, podríamos decir que “No hay camino, se hace camino al andar”, que obviamente con el continuo andar, ha habido que cubrirlo con una ligera alfombra de asfalto…
Pero volvamos a la filosofía: Si el hombre es un animal social, no puede existir fuera de la sociedad. La sociedad está compuesta por individuos, pero la sociedad no es un mero conjunto de personas, es algo más que la suma de sus Pedros y sus Juanes. Y así como la sociedad no es una mera suma de los hombres que la forman, su vida mental no es una simple suma de las ideas y sentimientos de los individuos que la integran, sino el producto de su asociación recíproca.
Si el hombre siempre ha vivido en sociedad, si es un animal social, puede afirmarse que el hombre siempre ha tenido como medio ambiente la sociedad y desde entonces ésta determina, a su vez, los individuos: el individuo se desenvuelve dentro de la naturaleza, del medio, de la sociedad: “Dime con quién andas y te diré quién eres.”
            Si examinamos el desarrollo de cada individuo, vemos que en realidad está influido por su medio ambiente: Al nombre se le educa en la familia, en la escuela, en el colegio, en la calle, habla un lenguaje que es un producto de la evolución social, piensa en conceptos que han sido originalmente desarrollados  por series enteras de generaciones precedentes, está rodeado por otras por unas que lo influyen sobre él en todo momento. Al igual que una esponja, absorbe constantemente las impresiones y todo esto contribuye a formarlo como individuo. De donde resulta que el individuo mismo es el resultado de una concentrada condensación de influencias sociales. Y por eso el individuo extrae sus móviles de acción del medio social.
En los territorios colombo-venezolanos, desde antes del descubrimiento de América, unos grupos humanos sojuzgaban, torturaban, esclavizaban y vendían otros: “Solo los caribes somos gente”, decían estos, según el relato de don José Gumilla en “El Orinoco Ilustrado” y ya hemos visto como el fenómeno subsistió y se agravó en la conquista, en la independencia y en la república. Sin ir muy lejos, en ésta, el general Rafael Reyes, uno de los mejores residentes que Colombia ha tenido, vendió 3.000 indios y esclavos en el Brasil. Asesinó otros tantos y comió carne de indio, claro está que por etiqueta. Por eso las gentes ignorantes del llano y de la selva han concluido que “matar indios no es un delito” y que “matar indios no es malo.” Por esto los llaneros que ahora juzgamos, son fruto de su medio ambiente, no del nuestro.
Por eso, juzgarlos conformes a la lay colombiana es tan absurdo como juzgarlos conformes a la ley de Suecia, de Noruega, de Suráfrica, del Pakistán, de China o de Rusia.

sábado, 4 de agosto de 2012

Capítulo 50. Un tris de magia


Piensan algunos que este homicidio múltiple, dados el número de víctimas, la forma engañosa como se les atrajo, el empleo de alimentos en el asesinato y la muerte violenta y sin piedad que se les dio a los indígenas, fue un acto de magia, una especie de “misa negra”.
Ciertamente en el llano, como en todas partes del mundo, en Bogotá, en París, en Londres, en Nueva York y en Roma y en todos los tiempos, hay magos y brujos. Gallegos, en su inmortal “Doña Bárbara” dice: “Esa es la mujer que ha traumado a muchos hombres y que no trambuca con sus carantoñas, lo compone con el bebedizo o la amarra a la pretina y hace con él lo que se le antoje, porque también es faculta en brujerías…”
También la iniciaron en sus tenebrosas sabidurías  toda la caterva de brujos que crea la bárbara existencia de la india. Los ojeadores que pretenden producir las enfermedades más tenebrosas y extrañas  solo con fijar sus ojos maléficos sobre sus víctimas; los sopladores que dicen curarla aplicando su milagroso aliento sobre la parte afectada o dañada del cuerpo del enfermo; los ensalmadores que tienen oraciones contra todos los males y les basta murmurarlas mirando hacia el sitio donde se halla el paciente, así sea a leguas de distancia, todos le revelaron sus secretos y a vuelta de poco las más groseras y extrañas supersticiones reinaban en el alma de la mestiza… pero en  este caso no hay brujerías ni magia, sino un rito que se ha vuelto costumbre: el de incinerar los cuerpos de animales que han sufrido rito similar.
                       

viernes, 3 de agosto de 2012

Capítulo 49. El desperado


Hay otro personaje en el llano y en la selva de que hemos hablado: el desperado.
Este vocablo ya no existen en lengua castellana, pero aún lo usan los modernos penalistas. El diccionario de la Real Academia Española lo cataloga como voz antigua y le da significado de otro parecido: desesperado, del que ciertamente, conserva algunos rastros, pero es algo más: Su significado es otro, algo así como outlaw o forilegge, sus traductores aclaran que no es precisamente lo mismo. En la génesis del concepto se remonta a los lobos, los toros salvajes y los caballos indomables: “El maligno, feroz y astuto lobo”, “El caballo que arroja al suelo a todos los jinetes”. El desesperado es un ser humano marcado por la naturaleza desarrollado a través de especiales circunstancias de vida.
Algún penalista ilustre dice: “Instintos de lobo se apoderan de los hombres en territorios americanos no civilizados.” Habría sido más exacto quitándole el calificativo de americanos. Por lo general son hombres que delinquieron y para no dar con sus huesos en la cárcel, huyeron. Por si mismos se expatriaron de la comunidad en que nacieron buscando refugio, en la impenetrable selva y en el llano infinito; perseguidos real o imaginariamente, generalmente lo último por que el Estado no tiene manera de perseguirlos en kilómetros y kilómetros de tierra inhóspita, se precipitan en situaciones peligrosas, saltando de un escondrijo a otro, siempre en defensa propia,  cayendo en una forma de vida reducida, de manifiesta indiferencia a la vida humana, propia o ajena, que pudiéramos llamar un intento continuado de suicidios interrumpido por robos, violaciones y asesinatos que casi pudiéramos calificar de fortuitos, porque bajo esas circunstancias ambientales han transformado su psiquis en forma regresiva: no razonan, se defienden como serpientes. Son hombres sin Dios ni ley de quienes todo se puede esperar.
Los desperados abundan en nuestra literatura: lo son Arturo Cova, el personaje de “La Vorágine” de José Eustacio Rivera, obra en cuyas dos primeras dos líneas dice: “Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar, y me lo ganó la violencia…”, lo es su compañera Alicia, ambos tuvieron que huir de Bogotá al llano por el grave delito de amarse sin haberse casado: lo es Doña Bárbara, el personaje central de la obra de Rómulo Gallegos que lleva su nombre: “Tenga mucho cuidado con doña Bárbara…. Váyase con tiento: esa mujer tiene su cementerio”,  lo son Negro Malo y Pedro Miguel, personajes de otra obra de Gallegos: “Pobre Negro” y ¿no lo será acaso el sargento que hizo asesinar a bayoneta, inclusive a las pollitas, a la familia de vaqueros que lo pasaron de orilla a orilla del bravío y caudaloso río, para que sus perseguidores no tuvieran quién los pasara?
¿No lo es Jorrés o Alfaniz, personajes de Julio Verne en “El soberbio Orinoco”? ¿y de pronto, quizás, tal vez, no lo serán el sargento Marcial que, fusil en mano, salió de París para los llanos de Venezuela a matar Cuibas y demás “feroces indígenas del Orinoco” en busca de su coronel, el coronel de Kermor del ejército francés, o padre Esperante, de la misión de Santa Juana, que formó una compañía de guaharibos o Guajibos “disciplinados, instruidos en el manejo de las armas… provistos de fusiles modernos, con municiones, hábiles tiradores… pues poseían la visita del indio… que da seguridad a la misma y no dejaban posibilidad de éxito a un ataque que no podía cogerles desprevenidos…” como lo demostraron cuando Alfenis, sus cómplices de presidio y sus aliados Cuibas lo intentaron?

jueves, 2 de agosto de 2012

Capítulo 48. Cállese el vendedor de carne humana


Don Miguel Antonio Caro, “el cerebro mejor organizado que ha dado esta tierra”, cuyo saber fue vastísimo pues abarcó casi toda la gama de los conocimientos, lingüista excepcional, gramático aún muy respetado del Castellano y del Latín, jurista tan emérito que fue el autor de la Constitución Política de Colombia de 1886, la única que vivió más de cien años, presidente de la República, de los memorables, en pleno hemiciclo del Senado, silenció en esta forma humillante y lapidaria a otro grande de la sociedad y de la poesía de Colombia, a Don Julio Arboleda: “Cállese el vendedor de carne humana.”
¿Por qué apostrofó así el humanista al bardo? Porque Don Julio, amparado en Ley de 1843, promulgada cosa de treinta años después de iniciada la vida independiente y republicana de Colombia, pero con nombre propio, como desde entonces hasta los años que corren, es costumbre aquí cuando hay que favorecer a determinados “patriarcas”, vendió 8.000 indios. Ya hemos visto lo que hizo años después, otro de los grandes de Colombia: el General Rafael Reyes, vendió sus indios esclavos, como tales en la limítrofe y hermana República del Perú.
La forma de gobierno había cambiado, pero las costumbres eran las mismas y aún peores puesto que los reyes de España, principiando por los Reyes Católicos, nunca autorizaron la esclavitud de los indios, como lo prueban las Leyes de Indias y la insurrección contra don Blasco Núñez Vela, el primer virrey del Perú, nombrado por Carlos I de España y V de Alemania, con el especial encargo de hacer cumplir las nuevas leyes, sus ordenanzas, relativas a la libertad de los indios. “Nada valen las leyes sin las costumbres”, dijo Cicerón.
Lo mismo ha pasado en Colombia, en Venezuela, en el Ecuador, el Perú… Recordamos a Huasipungo, el informe de Sir Roger Casement al Foreign Office, La Vorágine, Doña Barbara, El Soberbio Orinoco, Los Césares de la decadencia, y comprendemos como aunque la ley colombiana, tan desconocida en la Amazonía y la Orinoquía como la de Dinamarca, la de Noruega, la de Irán o la del Tíbet, no permite matar indios, los procesados dicen la verdad cuando afirman: “no sabíamos que matar a los indios era malo”, o “ Los racionales somos los blancos, los irracionales los indios”, dicho por una zamba.



miércoles, 1 de agosto de 2012

Capítulo 47. Un presidente de Colombia antropófago


Si antropófago es quien come carne humana, voluntaria o involuntariamente, con gusto o con repugnancia, yo no sé, tengo que decir que uno de nuestros mejores Presidentes de la República, o por lo menos de los más controvertidos, fue antropófago. No fue él un hombre común, fue extraordinario: en tiempos en que no había caminos, se recorrió el país a pié, fundó pueblos, fomentó el comercio, traspasó las fronteras, soñó con un ferrocarril interamericano que uniera los dos polos. Escribió un libro bilingüe, en castellano y en francés, que era el idioma de las gentes cultas de esos tiempos, en que narra sus aventuras con sus hermanos y hace apreciaciones ciertamente valiosas.
Cuenta el autor que en el sur de Colombia, más concretamente en lo que hemos venido llamando, en este proceso la Amazonía, unos indios cazaron a uno de sus hermanos y se lo comieron. Y agrega que, a pesar de tan doloroso incidente, él resolvió continuar el viaje iniciado, sus observaciones e investigaciones y cómo, a raíz de eso, su guía, un indígena de la región, en un momento dado, le dijo que hasta ahí lo acompañaba. Al averiguarle el motivo, díjole el indígena guía que porque en ese lugar principiaba el dominio de los indios antropófagos.
Sin guía, el expedicionario que, como se ve, era hombre valiente y de resoluciones firmes, resolvió continuar sólo la exploración. Cayó en manos del Cacique “Manoetigre”, si mal no recuerdo, que quedó algo así como hipnotizado ante la ante la presencia de aquel hombre blanco, barbado, de ojos azules, de porte marcial, intrépido y valiente, y lo recibió no sólo con manifestaciones de amistad sino de complacencia por su visita. Cuando tal cosa leí, recordé el recibimiento que Monctezuma II hizo a Hernán Cortés cuando éste llegó a México; Manoetigre lo invitó a un banquete en que se sirvió como plato principal un indio que, imagino yo, fue preparado a manera de lechona. Y al visitante le tocó hacerle los honores al plato porque ¿Quién se atreve a despreciar una atención de un cacique antropófago en su propio cacicazgo?
No he dicho yo que el invitado se hubiera comido gustoso y menos que hubiera pedido repetición de su plato de “indio-lechona” o lechona de indio, sino simplemente que le tocó participar del banquete.
Tiempo después, leyendo “El otoño del Patriarca” recordé este episodio al encontrar el relato de una ceremonia parecida en que el anfitrión era nada menos que el Patriarca, con el agravante de que el difunto que se servía adobado y adornado con sus más altas condecoraciones, no era un hombre cualquiera, sino nada menos que su más apreciado Ministro que cometió el error de discrepar de las opiniones del señor Presidente vitalicio, su compadre, por más señas.
Mucho me temo que si nuestro personaje hubiera rechazado la fina atención del Cacique, hubiera sido el plato del siguiente banquete aunque, repito, nuestro expedicionario, nuestro héroe dio pruebas de valor y tenacidad. Cuando alguien se atrevió a sindicarlo de haber vendido miles de indios como esclavos en el Perú, le hizo frente, logró la condena del denunciante y aunque este huyó de la región más meridional  de Colombia a la más septentrional, Panamá, allá lo persiguió y se dio el placer morboso de ejecutar él mismo la sentencia. Él fue quien haló la soga con que se ahorcó a ese atrevido. Y, cuando más tarde fue Presidente de Colombia y luego dictador y sufrió un atentado, terminó éste con la ejecución de los conspiradores que fueron ejecutados en las cercanías de los terrenos que hoy ocupa la Pontificia Universidad Javeriana. Me he referido a nuestro tanto más admirado cuanto controvertido General Rafael Reyes.

lunes, 30 de julio de 2012

Capítulo 46. ¿Y de los negros qué?


Uno de los puntos más impactantes del proceso de La Rubiera fue cuando el juez de la causa interrogó a los sindicados y una zamba, que de ellos era, una zamba, digo, el fruto de la unión de un indio y una negra, o al revés, de una india y un negro le respondió, con la mayor naturalidad: “Es que nosotros, los blancos, somos los racionales, pero los indios son irracionales” Ni una gota de sangre blanca tenía pero actuaba como blanca: tenía cultura blanca.
Esto nos lleva a hacer algunas consideraciones sobre la vida de los negros, que fue diferente a la de los indios. Los indios se presumían herejes; los negros, y por esto estaban sometidos al tribunal de la inquisición, se presumían cristianos. Con los indios el problema inicial era si eran hombres o bestias; con los negros ese problema no existió nunca: eran hombres; pero eran hombres, se decía, nacidos para esclavos. Con los indios el problema se resolvió cuando el Papa Pablo III, en 1537, dijo que tenían alma. Desde entonces su desigualdad con los blancos cesó, al menos en teoría porque en la práctica, en las encomiendas, eran unos esclavos. No así con los negros, a quienes suponían descendientes de Cam, el hijo de Noé, maldito por éste y condenado a ser esclavo de sus hermanos, porque se burló de aquél, al verlo borracho y desnudo. Por eso los negros tenían que soportar para siempre la maldición de Noé.
En el siglo XV, lo sabemos de sobra, los europeos estaban necesitados de las especias y su búsqueda llevo a Colón a descubrir el Nuevo Mundo. Los portugueses, que eran grandes navegantes, se le adelantaron un poco en la búsqueda de las especias y ya en 1491, estaban en el Congo, en el África central rumbo a la India, pero claramente sabedores de que estaban en África, el continente de los negros, el de la gente nacida para ser esclavos, según entonces se pensaba, que convirtieron en mercancía, en simple mercancía para venderlos como esclavos.
En el África se enfrentaron dos realidades: por un lado el paganismo africano, caracterizado por la ausencia de una religión con fundador, libro sagrado, sacerdotes, dogmas, etc. Y por el otro, el cristianismo, con Jesucristo como cabeza, con libro sagrado, evangelios, dogmas, sacerdotes y ritos. Los negros, ciertamente, no tenían una religión estructurada, como lo son el Cristianismo, el Islamismo, el Judaísmo, el Budismo y demás, pero si tenían creencias: todos los pueblos, desde la más remota antigüedad, las han tenido; todos los pueblos han creído en algo o en alguien. Ellos creían en Zambiampunzu, en los espíritus y en los antepasados, que son identificables con Dios, los Ángeles y los Santos: tenían aquellos la cruz, estos los amuletos. El rosario era un rito, de modo que les fue fácil aceptar la religión de los portugueses, la Cristiana, tanto más cuanto que como los portugueses eran, ante todo, marinos, navegantes, no catequistas, llegaron al extremo de cristianizar a los negros en forma por demás ridícula: un día antes de la salida para América, sin catequesis previa, los agrupaban en una iglesia o fuera de ella, les atribuían nombres que, para que no los olvidaran, se los daban escritos en trozos de papel, luego les tiraban sal en la boca, a uno por uno, y para terminar les echaban agua en la cara y les decían que viajarían a tierra de españoles, donde vivirían como cristianos.
A consecuencia de esta “evangelización” pensadores y religiosos españoles, tuvieron sus dudas y don Pedro de Castro y Quiñones, obispo de Sevilla, planteó el interrogante sobre muchos esclavos negros, que llegaban a Sevilla, provenientes de África y con destino a América, ya bautizados, si lo estaban en realidad ya que uno es el trato para con los paganos y otro para con los cristianos.
Así, los negros, una vez llegados a Cartagena de Indias, el primer puerto negro del Nuevo Mundo, se encontraban frente a una nueva situación, ante una nueva experiencia, la de su evangelización. Ese proceso en que una persona deja una religión que ha practicado, para hacerse practicante de otra en lo cual le van implícitos, el trato, la libertad y la misma vida. Sometidos a examen, la mayoría resultaban paganos, herejes, blasfemos… y entonces conforme al Breve del Papa Nicolás V y “Divino amore communiti” que autorizaba a los portugueses a reducir a esclavitud a “los sarracenos, paganos, infieles y enemigos de Cristo”, se decidía su suerte, pero otra era si se aplicaban las letras del Papa Pío VII al obispo de Rubicón de las Canarias, del 7 de octubre de 1462, es decir de treinta años antes del descubrimiento de América, según las cuales se condenaba el tráfico negrero como crimen y fulminaba censuras eclesiásticas contra los cristianos que se atrevían a esclavizar a los neófitos negros.
Incorporados a la sociedad, algunos no aceptaron el choque entre sus creencias y la religión de los blancos. Lo que no encontraban en la religión cristiana, lo encontraba en sus antiguos ritos africanos: la magia, el culto de los metros, las creencias en espíritus y los ritos que implicaban, han permanecido vivos. Los otros, lo que si se incorporaron el cristianismo encontraron algunos tropiezos: en primer lugar, la maldición de Cam, que permitía tener a los negros siempre en estado de esclavitud. En cuanto a los sacramentos, el bautismo, la penitencia y la extremaunción, les fueron administrados, también el matrimonio entre los de su mismo color, porque con blancos tendía a considerarse adulterio ya que los mulatos se consideraban hijos ilegítimos. En cuanto al sacerdocio, podemos decir que las órdenes sagradas estuvieron vedadas a los negros, mulatos y descendientes inmediatos de estos en un principio pues el negro bautizado y con instrucción se la llamaba ladino y perdía precio porque no podía tomársela como esclavo.
Poco a poco la restricción en cuanto a la administración de las órdenes sagradas ha disminuido pero aún son pocos los sacerdotes negros y muchos menos los obispos.
Digamos finalmente que llegados los negros a Cartagena de Indias y vendidos como esclavos, se les convertía en mercancía, venía su dispersión por regiones extensas y apartadas de las regiones urbanas, perdiendo contacto con los agentes pastorales donde sus dueños tenían interés en que no cambiaran, en que no adquirieran nuevos conocimientos pues los despreciaban profundamente: algunos negros, como medio de resistencia huyeron para vivir libremente su cultura africana en palenques, fueron los cimarrones, símbolo de libertad y resistencia, que sirvieron para la reproducción en América de los valores y de los elementos más típicamente africanos, que no tenían cabida en la sociedad colonial.
Agreguemos al margen que, producida la emancipación de los esclavos en Colombia algunos de los antiguos patrones trasladaban a las negras próximas a dar a luz al Perú para que sus hijos no nacieran libres sino esclavos.

domingo, 29 de julio de 2012

Capítulo 45. Los esclavos


Otro factor de influencia en el asesinato no solo de los indios Cuibas, sino de los indios en general, es la esclavitud.
 La esclavitud ha existido desde los albores de la humanidad, hasta nuestros días aunque no de la misma manera: Esclava fue Agar, remotísima antepasada del pueblo musulmán, en la antigua Caldea; esclavos fueron los judíos de los egipcios, desde antes de Moisés: acordémonos que José fue vendido como tal por sus hermanos; esclavos fueron los judíos hasta cuando Moisés los liberó; en la antigua Grecia hasta filósofos notables como esclavos fueron maestros; en Roma la esclavitud fue pan de cada día; solo así pudieron efectuarse las fiestas del coliseo, que eran la diversión preferida de todos, principiando por el emperador, que las presidía, hasta el populacho: Recordemos el dicho: “pan y circo”.
En la América, la ha habido cuando menos, desde la conquista española: Recordemos como Cristóbal Colón envió un lote de esclavos a España y la solicitud a los reyes católicos de esclavizar a los pueblos recién descubiertos.
A la llegada de Cortés a México encontró que los mexicas hacían la guerra a los pueblos vecinos para obtener esclavos que serian los sacrificios humanos a sus dioses; y lo mismo puede decirse del Perú, que conquisto Pizarro. Distinta fue la esclavitud a que los españoles sometieron a los mexicas, según puede verse en uno de los admirados frescos de Diego Rivera: a un indígena lo tienen encadenado y arrodillado y unos soldados españoles se aprovecharon para sacarle los ojos.
En la antigua Grecia se esclavizaron filósofos, para nombrarlos preceptores, inclusive del príncipe heredero, como ocurrió con Alejandro, luego llamado el grande. La esclavitud de entonces está bien descrita en una de las críticas a Pericles, hecha por uno de sus contemporáneos: “Es realmente extraordinario que en Atenas no sea permitido pegar a los esclavos y a los extranjeros, pero yo os explicare la razón de esta costumbre: si se permitiere pegar a los esclavos, muy a menudo ocurriría que un ciudadano con todos sus derechos recibiera los golpes, pues que en el pueblo de Atenas no se distinguen por su vestido los esclavos o forasteros, ni hay ninguna apariencia de superioridad para los hombres libres…”
Siglos después, en la culta Europa, un hombre que tuvo éxito en sorprender y quemar aldeas, mutilar, asesinar, capturar y vender a sus inocentes habitantes, fue exaltado a la nobleza y al escoger su escudo de armas, puso la figura de un esclavo negro arrodillado y encadenado. Pero de esa misma tierra, años después, salieron dos fuerzas: una que habría podido perpetuar la esclavitud, el industrialismo, que estimuló inmensamente la demanda de materia prima barata, y la democracia que acabo con ella.
Veíamos como, desde la más remota antigüedad, ha existido la esclavitud con distintos fines secundarios: procurar víctimas para los sacrificios humanos a los dioses, preceptores a las nuevas generaciones, transportadores de vituallas y armas para la guerra, etc. En general, para tener mano de obra barata para la explotación de la tierra y en la satisfacción de las necesidades. Contra esta institución, también desde tiempos remotos, por razones humanitarias, ha habido oposición y lucha clara: lo hemos registrado en la negativa de los reyes católicos a la propuesta de Colón de esclavizar los pueblos que acaban de descubrir; y en las leyes indias, que como también acabamos de verlo, ocasionaron la primera guerra civil del virreinato del Perú, que pudo haberle costado la independencia de ese inmenso y rico territorio a la corona de Castilla.
Con el correr del tiempo, de Inglaterra, surgieron dos ideas sociales dinámicas: el industrialismo y la democracia, que golpearon fuertemente a la esclavitud: la primera, el industrialismo, estimuló inmensamente la demanda de materia prima barata, que producía el trabajo de los esclavos en las plantaciones. “Puede decirse con certeza, dice Toynbee, que si en la lucha contra la esclavitud el impulso del industrialismo no hubiera sido ampliamente neutralizado por el de la democracia, el mundo occidental no se había librado de la esclavitud tan fácilmente”. La segunda, la democracia, como acabamos de consignarlo, venció a la esclavitud. Los estadistas que eran dueños de esclavos, tales como Washington y Jefferson, no solo lamentaron la institución, sino que tuvieron una visión bastante optimista de las perspectivas de su extinción pacifica en el siglo siguiente. A esos dos nombres podemos agregar el de todos los próceres latinoamericanos: Bolívar, San Martín…
Paralelamente se puso en marcha un movimiento contra la esclavitud en Estados muy diferentes del mundo occidental en que lograron cantidades de triunfos pacíficos; pero hubo una importante región en que el movimiento antiesclavistas fracasó: la llamada “cintura de algodón”, en los estados del sur, de los Estados Unidos de América que hubo de pagarse con una guerra civil cuyos efectos fueron devastadores, pero gracias a que vencieron los enemigos de la esclavitud, esta fue desalojada de su última fortaleza occidental; y es cosa de tomar muy en cuenta, que Lincoln, el principal autor de la supresión de la esclavitud, sea considerado como el más grande de los estadistas democráticos. Podemos concluir que la democracia es la expresión política del humanitarismo y que el humanismo y la esclavitud son enemigos mortales. El espíritu democrático impulsó el movimiento antiesclavista.
En esta tierra que hoy se llama Colombia, no hubo imperios comparables a los Aztecas, los Toltecas o los Mayas, ni a los Chavines ni a los Incas, de modo que la historia no registra ocurrencias como las que acabo de narrar; pero la esclavitud de los indios existió, quizás relativamente suave, si se compara con las de otros pueblos, pero existió y aún existe. Las Leyes de Indias prohibían expresamente la esclavitud, pero en virtud del aforismo “se obedece pero no se cumple”, la esclavitud subsistió. Recordemos que Carlos I de España y V de Alemania nombró como primer virrey del Perú a don Blanco Núñez Vela con el especial encargo de hacer cumplir las nuevas leyes u ordenanzas, relativas a la libertad de los indios , que entre otras cosas, mandaban: “Que por ninguna causa se pueda hacer esclavo indio alguno, sino que sean tratados como vasallos reales de la Corona de Castilla”; “Que ninguna persona se pueda servir de los indios contra su voluntad” y “Que no se cargue a los indios y si en alguna parte no se puede excusar, sea la carga moderada y que se les pague su trabajo y que lo hagan voluntariamente.”
Las nuevas leyes estaban inspiradas, evidentemente en los más puros sentimientos de humanidad, pero no se había previsto que su inmediata aplicación acarrearía los más serios problemas. Por ellos se comprende, sin dificultad alguna, la tenaz negativa de los conquistadores a dar libertad a los indios que tenían trabajando para ellos en sus encomiendas y minas; si también que eran los indios los encargados de transportar las armas y bastimentos en las expediciones guerreras en que los soldados marchaban por selvas inexploradas y terrenos pantanosos en que tenían que luchar contra los enemigos humanos y la naturaleza.
Blasco Núñez Vela, desde que llego a Panamá empezó a cumplir las ordenanzas, poniendo en libertad a todos los indios, desoyendo los consejos de los oidores y magistrados; pero los conquistadores pensaban que eran ellos quienes habían conquistado las tierras del Nuevo Mundo que luego habían dado a la Corona española y que, por tanto las encomiendas, minas y repartimientos de indios, eran una merecida recompensa, razón por la cual no estaban dispuestos a cumplir los mandatos del Virrey. Este enfrentamiento ocasionó la primera guerra civil: los descontentos se unieron en defensa de sus intereses y eligieron como su jefe a don Gonzalo Pizarro, a quien dieron el título de Procurador General del Perú, para imponer, con las armas en la mano, la suspensión de las nuevas leyes. La revolución triunfó, el Virrey Blasco Núñez Vela, tuvo que huir, y terminó refugiado en nuestra querida Popayán en tanto que Gonzalo Pizarro dominaba todo el recién creado virreinato del Perú y si no se proclamó Rey del Perú, como se lo aconsejaron sus inmediatos, fue porque en él, sobre la ambición, primó su lealtad a España y a su rey: Su alzamiento no era contra el rey, dijo, sino contra las nuevas leyes.
            En Colombia eso no sucedió aunque si se practicó el principio de “se obedece pero no se cumple” cuyas repercusiones ya veremos en el proceso de los Cuibas. Aquí en la colonia, se esclavizó a los indios teniéndolos como trabajadores sin sueldo de las encomiendas o fincas, diríamos hoy, y de las minas; y más tarde, cuando se proclamó la independencia de España, las cosas, de hecho, no cambiaron. La independencia de la Nueva Granada fue en 1810, pero la libertad de los indios solo se proclamó en 1851. Todavía en 1843 el congreso de Colombia autorizó por la ley de la Repblica la venta esclavos pertenecientes a los prohombres colombianos, en el mercado del Perú. Por eso don Miguel Antonio Caro, el humanista ilustre, el jurista que redactó la Constitución de 1886, hizo callar a su adversario don Julio Arboleda, otro prohombre apostrofándolo: “¡Cállese el vendedor de carne humana!” y en los tiempos actuales, claro que sin autorización legal, porque la ley proclama que “todas las personas nacen libres e iguales ante la ley, recibirán la misma protección y trato de las autoridades y gozarán de los mismos derechos…” es un hecho que en esta región de la Amazonía y la Orinoquía, de que nos hemos venido ocupando, aún se marca con hierro candente, como al ganado, a los indios, para indicar a quienes pertenecen, quienes son sus propietarios.

sábado, 28 de julio de 2012

Capítulo 44. El Caciquiare


Hay dos palabras arquetipo, imprescindibles en una visión del llano y de la selva que aunque no están directamente vinculadas a esta gran tragedia que analizamos y vamos a juzgar, es necesario invocarlas, porque son claves en la geografía, evocadoras de la región y cierre del hábitat:
La Macarena es una serranía, un aislado macizo montañoso, en el centro de este sector del llano y de la selva a que nos hemos referido, se considera como una de las reservas biológicas más grandes del mundo y es lugar donde se han descubierto centenares de especies, cristales, vegetales y animales, antes desconocidas. Hasta hace pocos años estaba inexplorada; hoy está en evidente vía de degradación. Toda ella es territorio colombiano.
El Caciquiare, en cambio casi no es colombiano ni venezolano, es brasilero. Es un canal natural, de curso tortuoso, de doscientos cuarenta kilómetros de largo, es decir menos que la serranía de La Macarena, que une la zona geográfica del Orinoco con la del Amazonas. Se trata de un gran brazo del Orinoco, que se separó del cauce principal del río y corrió hacia el sur-este de la llanura, pasando por la región fantástica del cerro Duida, “la montaña del mundo perdido”, que “parece dominar el cielo”, en donde está la roca Guanari, desde la cual Alejandro Von Humboldt calculó las medidas del canal, para unirse con otro gran río, el Negro, afluente del Amazonas. En 1725 el capitán portugués Moraes, dice la historia, navegó por el río Negro hasta la  confluencia de Guainía, por el Guainía hasta San Carlos y luego por el Caciquiare hasta desembocar en el Orinoco. La cadena del Duida, de bosques impenetrables y los cerros del Guaraco bloquean la orilla derecha del canal pero por la izquierda, la vista se extiende en mucho espacio por la superficie de los llanos. De esta región casi desconocida, parece provenían los indios Cuibas muertos en La Rubiera; por eso antes decía que estos nómadas podían ser brasileros, venezolanos o colombianos por el lugar de nacimiento, pero con seguridad en ninguna de estas tres repúblicas están censados. Ante las leyes y ante las estadísticas no existen.

viernes, 27 de julio de 2012

Capítulo 43. La Macarena


Al decir de los geólogos, la Macarena es una serranía creada unos mil quinientos años antes que la cordillera de los Andes, de la cual es vecina, de ciento veinte kilómetros de larga, treinta de ancha y de dos mil quinientos metros en la parte más alta, con climas frío, templado y caliente, a poca distancia unos de otros. Como lo dijo alguien, la Macarena “es un fósil viviente de la edad terciaria” cubierto por espesos bosques, en que se refugian la flora, y la fauna de la cordillera andina de la selva amazónica y de la Orinoquía llanera. Es lugar de nacimiento en la selva, de ríos que en la llanura crecen hasta ser tres veces más grandes que el Sena, cinco que el Hudson o seis que el Támesis.
En flora encontramos desde el Pusanga, un musgo del que los indígenas fabrican una leche afrodisíaca, hasta orquídeas de todos los tamaños y colores y desde gigantescos y milenarios árboles de diversos colores: verdes, amarillos, rosados, rojos y morados, con flores de los mismos colores y también blancas y azules hasta la victoria regia o amazónica, un loto gigantesco.   
En cuanto a la fauna, hay desde minúsculos, medianos y grandes insectos, unos que se comen al hombre y otros que el hombre se come, hasta medianas especies de arañas, escorpiones, sapos, ranas y murciélagos que los hay blancos y los que pasan de castaño a oscuro; hasta grandes saurios: caimanes y babillas; también hay osos, pumas y leopardos…Y en cuanto a peces, hay centenares de especies, desde los minúsculos y ornamentales, propios para acuarios, hasta bagres de uno, dos o tres metros de largo; en cuanto a animales voladores: mariposas y aves, de estas más de cuatrocientas especies, las hay desde las chisguas o desanos y cardenales, hasta las águilas, el rey gallinazo y el cóndor. En síntesis: Hay desde microbios hasta guíos o anacondas de diez, treinta o cincuenta metros, que parecen árboles caídos y que fácilmente almuerzan con un toro.
Como si lo anterior fuera poco, hay en la región corrientes de aguas, como Caño Cristales, famoso por sus aguas transparentes que permiten verlo azul, verde o rojo, según el sitio y la vegetación y que se esté en tiempos de lluvia o de sequía; o como el raudal de Maipures, calificado por Alejandro Von Humboldt como  “la octava maravilla del mundo”; los grabados rupestres o petroglifos del mismo Maipures y lugares cercanos que con caracteres completamente alineados, que parecen letras, y sus representaciones de venados, nos traen a la memoria la Cueva de Altamira y desaparecidas civilizaciones de otras partes; o la legendaria cuidad de Maroa, de que habló el comodoro de la Guardia Real de Inglaterra, sir Walter Raleigh, en que existía un templo construido en mármol, con altares de oro revestidos de perlas, que consideró ser El Dorado y que juró ante su reina, Isabel Tudor, conquistar para la corona pero que, al no lograrlo, fue causa de que el rey Jacobo ordenara ajusticiarlo por embustero y despilfarrador del tesoro real.

jueves, 26 de julio de 2012

Capítulo 42. La coca y el yage


Dentro de los numerosos vegetales que consumen los indios, hay dos que debemos destacar: la coca y el yagé. La coca es elemento primordial en su vida. Ya he dicho que es parte de su alimentación o, mejor, debo decir que es la manera que tienen de suplir la falta de alimentos, es la manera de no sentir el hambre. Desde los tiempos prehistóricos se la cultiva y procesa para su consumo: las hojas, una vez llegadas a su pleno desarrollo, se recolectan, se dejan secar, luego se tuestan, después se muelen o pilan, puesto que se pulverizan con pilón, posteriormente se ciernen y por último se mezclan con cal o productos calcáreos y finalmente se come, llenando la boca con ese polvo, que poco a poco se va mezclando con la saliva “sin coca no se puede trabajar” dicen los indios. En cada una de estas operaciones tienen su propio rito: en la recolección que la hace el capitán, y el tostado, la molienda y la mezcla, se recitan cánticos. Esos ritos y esas canciones, tienen bellas explicaciones que se remontan a la mitología de las tribus. Salta a la vista que consumen la coca, pero no su conocido derivado: la cocaína. Lo que ellos consumen es extracto de coca, que es muy diferente.
El eminente científico Wada Davis, antropólogo y explorador, botánico reconocido mundialmente, dice en su obra “El río”: “El químico corso Angelo Mariani estaba de acuerdo. En 1863, patentó el Vin Tonique Mariani, una mezcla de extracto de coca y vino tinto de Burdeos que, de inmediato, causó sensación. Mariani, por cierto, tiene la curiosa distinción de ser la única persona responsable de que dos presidentes de los Estados Unidos, un Papa y por lo menos dos Monarcas europeos se aficionaran a la coca. El Papa León XIII tenía el hábito de llevar siempre consigo un frasco de bolsillo con el vino tónico, y era tan adicto a la bebida que condecoró a Mariani por sus méritos. El achacoso expresidente norteamericano Ulyses S. Grant se tomó una cucharadita diaria en leche durante los últimos cinco meses de su vida. Entre otros entusiastas que le enviaron a Mariani caratas en homenaje se contaron el presidente William Mchinley, el zar de Rusia, el príncipe de Gales, Thomas Edison, H. G. Wells, Julio Verne, Augusto Rodin, Henrik Ibsen, Emile Zola y Sarah Bernhardt.”
Ese eminente científico norteamericano contemporáneo continúa su relato narrando, en su referido libro, las bondades del extracto de coca mezclado con dulces, cigarrillos, jarabes etc., hasta llegar a ser “el vino de los atletas”, “la bebida de quienes buscan la longevidad y la eterna juventud”; cuenta su transición de “vino francés de coca”, con la adición de la nuez de cola y aceites cítricos y el reemplazo del vino con la soda, en la mundialmente conocidísima Coca-Cola, de perdurable imperio.
Queda así en claro que una cosa es la coca como la han comido por centurias los incivilizados indios, y otra la cocaína, que consumen los pueblos más civilizados del planeta, en muy distinta forma a que aquellos la comen, estos la inhalan o se la inyectan. Es algo parecido a lo que ocurre con el café: una cosa es tomar su extracto, mezclado con leche, al desayuno, o en nuestro insuperable tinto o negrito como dicen los venezolanos, que nos estimula a cualquier hora del día y otra muy distinta si lo consumiéramos convertido en cafeína.
Igual pasa con las imprescindibles papas o patatas, como dicen los españoles, una cosa es comerlas en ajiaco, en sancocho, en viudo, en tajadas, en potatoes chips o en simples papas saladas y otra muy distinta si consumiéramos su principio activo por gramos, como se hace con la cocaína.
El otro vegetal es la Ayahuasca, como se llama en lengua Quechua, o Yagé, como la llaman nuestros indios: es un bejuco que recibe varios nombres más o menos sinónimos, dados por los científicos que de él se han ocupado: “bejuco de la visión”, “bejuco del discernimiento”, “bejuco de la sabiduría”, “bejuco de la iluminación” o “bejuco del alma”, como lo llaman Richard Evans Schultes y Robert E. Raffaut, que nos dan una idea de lo que es y de lo que con él se logra: es un alucinógeno con virtudes proféticas. Alguna tradición dice que, mediante él, los indígenas predijeron la llegada de los españoles.
Como en el caso de la coca, la recolección y el consumo del Yagé tienen sus ritos:
Coge el bejuco de la selva un Payé o médico, o chamán frecuentemente acompañado de su aprendiz, quien le reemplazará luego en el cargo; la preparación sólo puede hacerla un hechicero y los rituales son abundantes en danzas. El yagé se prepara macerado y luego se cierne; el jugo así obtenido se deposita en una vasija especial, con características propias y el líquido lo toma cada cual mediante pequeños recipientes vegetales llamados cuyas. Produce una borrachera, pero no como la del alcohol, sino un ensimismamiento que no causa la ruptura con el mundo exterior, ya que quien se encuentra bajo sus efectos puede responder coherentemente las preguntas y percibir lo que ocurre a su alrededor. Bajo sus efectos los indígenas ven, “el yagé hace ver”, dicen, y en efecto, ven serpientes, güios, arañas, jaguares, flores, mariposas y hasta el sol y las estrellas; viajan al cielo y desde allá ven la tierra y a todas personas, adquieren el poder de producir relámpagos, cambiar el tiempo y transformarse en anacondas y jaguares; ven la historia de personajes míticos y se ven a sí mismos como niños y más pequeños aún; tienen regresión de experiencias pasadas y visiones del futuro, durante las cuales hallan la solución a los casos difíciles. Cuando el yagé se ingiere colectivamente, en comunidad, se produce un “éxtasis colectivo”, como dijo Reichel-Dolmatoff, en el cual el grupo se sumerge en sí mismo, en su conciencia, y en su interior contempla las fuentes mismas de su cultura. Es entonces cuando habla de todo: la necesidad de una maloca, de un puente, cómo y cuándo hacerlos… es cuando las cosas empiezan a hablar y las almas se liberan.
Así viven, los indios: en pequeños grupos nómadas, promiscuos de hombres y mujeres, de padres e hijos, sin religión ni gobierno, sin nociones del tiempo y la familia, bajo las copas de los árboles o en rudimentarias malocas, comiendo alimentos crudos o a lo sumo asados, total o casi totalmente desnudos, bajo la influencia alcohólica de la chicha y la alucinante del yagé y miles de yerbas más; sintiéndose capaces de producir truenos, relámpagos y rayos, cual Júpiter, y convencidos de su transformación en güios, águilas o jaguares.
Vista así su vida, pregunto: ¿Será extraño que algunos duden de su uso de razón? ¿Será extraño que algunos afirmen categóricamente que carecen de racionalidad? Aclaro: No todos los indios colombianos viven así, algunos hasta han adquirido títulos en las universidades, y han llegado a ser gobernadores, alcaldes, y senadores; pero los Cuibas sí.

miércoles, 25 de julio de 2012

Capítulo 41. La selva


Si el llano es grande, la selva no se le va en zaga: Casi podríamos decir que va desde el Océano Pacífico al Océano Atlántico, pero que realmente es tres veces más grande porque tiene tres niveles: el del suelo, el de las ramas de los árboles y el de sus copas, ya que en los tres hay tres formas diferentes de vida. Por ahora, limitémonos a la zona comprendida entre los cuatro grados de longitud sur y los cuatro grados de longitud norte, en que está en tierras colombianas. Es una zona grandiosa, sobrecogedora, es la puerta impenetrable de otro mundo: el mundo de los matices del verde, sólo del verde oscuro y de la humedad. Es húmeda, permanentemente húmeda; es el mundo de gigantescos árboles de miles de años, unidos por las enredaderas o lianas, que se aferran a ellos casi desde las raíces y en cuyas ramas trepan monos, micos ardillas, serpientes y jaguares y hacen sus nidos aves de mil especies. Es el mundo de los grandes ríos, de las ciénagas, de los aguajales, de los saurios, de los reptiles y de los ofidios. También de los insectos y de los arácnidos… y de los indios. Es la selva el hábitat de los indios, como el llano, obviamente, el de los llaneros. Llano y selva son limítrofes en enorme extensión, medida en kilómetros. De la selva se pasa al llano, como de la zona hidrográfica del Amazonas, el más grande de los ríos que la atraviesan, a la zona hidrográfica del Orinoco, el más grande de los ríos llaneros. Así como en el Casiquiare se besan esas dos grandes zonas hidrográficas, así sus habitantes, que en gran número son nómadas, son habitantes del llano y de la selva.
Por eso tenemos que hablar de la selva, como lo hicimos del llano.
El clima es excesivamente húmedo y caluroso. Todo en ella se sujeta el régimen de la humedad, humedad sofocante, de bruscos cambios en que frecuentemente, después de una noche lluviosa, puede venir un día esplendoroso; y a uno reluciente, seguir otro de permanente lluvia, en que el sol funde las nubes.
En sus ciénagas y pantanos, de aguas verdosas, bajo engañosa policromía de flores, ocultan sus guaridas las mismas que desesperan al hombre, y los saurios,, reptiles y peces que lo acaban en minutos.
Los habitantes humanos de la selva son ante todo y en su mayor parte indios, pero también aventureros, algunos hippies, misioneros católicos y protestantes en competencia, muy pocos científicos, algunos comerciantes demasiado ávidos de dinero y hasta desperados. En la selva el terreno no vale; pero cuidado: el trabajo esclavo sí, para quien lo impone, y lo impone el más fuerte. La violencia es el Derecho: el juez, el fiscal, el alcalde, el policía más cercano puede estar a centenares de kilómetros de distancia y nadie pone sus manos al fuego por su honestidad. Por eso los indios nacen y mueren esclavos, por eso a algunos los marcan como al ganado: con hierro candente. La tierra de la selva no es agrícola, su capa vegetal es minúscula, y si hay árboles gigantescos, es porque son milenarios; cuando se les tumba no tienen reemplazo, en el espacio que dejan apenas se pueden obtener una o dos cosechas de maíz, yuca, plátano o coca, pero nada más. Por tanto en ella el alimento, contrario a lo que se cree generalmente, es escaso en vegetales y en animales y como no hay medios de conservación para los animales, la pesca y la caza tienen que ser diarias. De ahí que la alimentación de sus habitantes, particularmente de los indios, sea tan precaria: raíces, particularmente yuca, chontaduros, peces y tal cual ave que se consumen, por lo general, crudos o simplemente asados, y huevos y larvas de comején. Esto, en ocasiones, complementado con el mambeo de la coca, que les calma el hambre y, a veces, del yagé y otras yerbas alucinógenas que los hacen sentirse fuertes como el jaguar, y poderosos como el rayo. Entonces son, además, clarividentes: al menos del lugar en donde está la caza.
A manera de anécdota puedo agregar que la primera vez que viajé a Miraflores, en el Vaupés, desayuné con chocolate en leche, pan y huevos de gallina, porque llevamos de Bogotá el chocolate, la leche, el pan y los huevos, en el avión.
En el llano se percibe la inmensidad de Dios: en la selva, la pequeñez del hombre.

martes, 24 de julio de 2012

Capítulo 40. Los conquistadores de la Amazonía


Una vez en el Nuevo Mundo, Lope de Aguirre hizo sus primeras armas en la operación de Sinú, organizada por el fundador y gobernador de Cartagena, don Pedro de Heredia; luego de muchas peripecias, Lope de Aguirre llego al Perú en 1538, en el momento álgido de la lucha entre Pizarro y Almagro que dio comienzo a las guerras civiles entre los conquistadores, en que, naturalmente, participó Aguirre aprendiendo mucho de alzamientos y conspiraciones; militante en las huestes del virrey Blasco Núñez Vela, fue derrotado pero unido al capitán Melchor Verdugo, después de algunas andanzas, entre ellas el robo de una nave, lograron con varios seguidores embarcarse para Nicaragua, atravesaron el lago del mismo nombre, salieron el océano Atlántico por el río Desaguadero; siendo así los primeros en ir por agua del Océano Pacífico al Atlántico; enrumbaron para Panamá, donde fueron rechazados por los pizarristas, razón por la cual se refugiaron en Cartagena de Indias, en donde se encontraron con don Pedro Lagasca, el fraile de la política del perdón y la reconciliación que logró, entre otras cosas, que se le rindiera la flota de Pizarro y el dominio del istmo. Con Verdugo y los suyos dieron en tierras realistas, pero como eran enemigos de la gente de la flota de Pizarro, Lagasca tuvo que ordenar a Verdugo que entregara la nave y volviera a Nicaragua, Verdugo la entregó pero se fue para España; Lope de Aguirre y sus compañeros quedaron abandonados en Cartagena. Luego de muchos sufrimientos logró regresar al Perú, al Cuzco y allá, también tras innumerables sufrimientos, logró ingresar a la expedición que por orden del Virrey, organizaba don Pedro de Ursúa para buscar la tierra de la Canela y El Dorado, que los indios localizaban al norte del Ecuador.
Salió la expedición del astillero de Topasana, empezaron las privaciones, el descontento y las quejas, que culminaron con la muerte de su general, don Pedro Ursúa, de que fue autor intelectual y copartícipe Lope de Aguirre; le sucedió como general, con el apoyo de éste, don Fernando de Guzmán, de quien Aguirre fue maestre de campo, segundo en el mando, se dividieron los expedicionarios entre los amigos de regresar al Perú, encabezados por Lope de Aguirre, y los que querían seguir en busca de El Dorado, ganaron éstos; vinieron los asesinatos de los amigos de Ursúa: Juan de Vargas, García de Arce, Diego de Valcázar y luego de la de Juan Alonso de la Bandera, el rival e inmediato superior de Aguirre, a quien había desplazado como Maestre de Campo y la despiadada cacería humana de su amigo, Cristóbal Hernández, a quien persiguieron por la jungla hasta obligarlo a lanzarse al río, donde recibiría sucesivas descargas de arcabuces y pedradas cada vez que sacaba la cabeza para respirar… ¿Hubo más crueldad que, muchos años después, en La Rubiera, verdad? Y fue ejecutada por “cristianos viejos” no por ignorantes de la religión como los homicidas de los Cuibas.
Don Fernando anunció a sus tropas que habían determinado hacer la guerra en el Perú, pero garantizó que quienes quisieran seguir en el descubrimiento de El Dorado podían hacerlo, sin temor, con el capitán que eligieran. Todos aseguraron que querían ir a hacer la guerra en el Perú. A los pocos días Aguirre convocó de nuevo las tropas para hacer, desde ese momento, Príncipe del Perú al General don Fernando de Guzmán por lo que era necesario deslindarse de los reinos de España y negar vasallaje al rey don Felipe II, lo cual hicieron en el acto.
Vinieron otros y numerosos asesinatos: el de Zalduendo, enemigo de Aguirre, el de doña Inés, la reina de la expedición, amante de Ursúa, Zalduendo y otros; la de Alonso Casco, la de Alonso de Montoya, la de almirante Miguel Bovedo, la del padre Henao y la del mismo don Fernando de Guzmán, el general, el comandante de la expedición, el Príncipe del Perú.
Lope de Aguirre quedó dueño absoluto de la situación: ahora era el General y Gobernador de la expedición.
¿Muchos y espeluznantes asesinatos, verdad? ¿Pero qué valor tenía la vida humana en la jungla amazónica? ¿Acaso los expedicionarios no estaban acostumbrados a ver colgar de las ramas de los árboles a los rebeldes? ¿Y a ver rodar cabezas de virrey, gobernadores, presidentes de reales audiencias?
Esos fueron los conquistadores de la Amazonía y de la Orinoquía, de las tierras en donde está ubicada La Rubiera.

lunes, 23 de julio de 2012

Capítulo 39. Tras de cuernos, palos


Don Miguel de Cervantes Saavedra, el padre de nuestro idioma el mejor novelista de la lengua castellana, el creador del inmortal Quijote, puede   haber sido también el creador de un antepasado de un personaje histórico de América: del primero que proclamó y trató de lograr, la libertad del Nuevo Mundo, y así creador de un antepasado de uno de los sindicados. Narra Don Miguel el caso de un marido de apellido Aguirre, como uno de los procesados que, conocedor de que su cónyuge le era infiel, conocedor de que “le ponía los cachos”, se propuso castigarla y a su cómplice, pero la situación se le invirtió y quien resultó apaleado fue él. De ahí el título: “Tras de cuernos palos”.
Pues bien: algún tiempo después, en 1534, al parecer enrolado con los hombres que trajo de España Rodrigo de Durán, desembarcó en el Nuevo Mundo, concretamente en Cartagena, una persona, una entre tantas, que bien pudo ser la del relato cervantino y quizás, antepasado de uno de los procesados, el portador del gen de la violencia y de la libertad para quien la pérdida de una vida humana, especialmente en la Amazonía, así fuera la de un Capitán General, no valía nada: me refiero a Lope de Aguirre, personaje de una grandeza épica indudable sucesivamente llamado “El loco”, “El traidor” y “El peregrino”, que en un inexplorado rincón amazónico, Machifaro, y luego en la Orinoquía, en Nueva Valencia, se dirigió así a Felipe II, el rey en cuyos dominios no se ponía el sol, al rey más poderoso del mundo: “Rey Felipe, natural español, hijo de Carlos invencible: Lope de Aguirre, tu mínimo vasallo, cristiano viejo, de medianos padres, hijodalgo, natural vascongado, en el Reino de España, vecino de la Villa de Oñate…para mí y mis compañeros no has sido sino al contrario, cruel e ingrato a tan buenos servicios como has recibido de nosotros… Avísote, rey español, que he salido, con mis compañeros de tu obediencia, desligándonos de nuestra tierra que es España, para hacerte en esta la más cruda guerra que nuestras fuerzas puedan sustentar y sufrir…”. Ocurrió esto en la región del Casiquiare, en la Amazonía y la Orinoquía, la región de La Rubiera. Por eso quizás hay entre los procesados un descendiente de Lope de Aguirre: el hombre cruel, despiadado, asesino, que mató hasta su propia hija, pero amante, como los llaneros, de la libertad. Como la historia la escriben los vencedores, no se ha dicho que esa fue la primera y más radical acta de independencia de un territorio americano y que Lope de Aguirre, el hombre cruel, despiadado, asesino, que mató hasta a su propia hija, pero amante, como los llaneros de la libertad fue el precursor. No se ha dicho que esa fue la primera y más radical acta de independencia de un territorio americano y que Lope de Aguirre fue el precursor de la independencia del Nuevo Mundo, por allá en 1560, dos siglos y medio antes que la proclamaran, con menos franqueza y fuerza, Antonio Nariño, Antonio de Miranda, Bolívar, San Martín y demás próceres de la independencia.

domingo, 22 de julio de 2012

Capítulo 38. El opio del pueblo y de sus gobernantes


Sin dejar de considerar el impacto psicológico y táctico de los caballos, las armaduras y las armas de fuego, totalmente desconocidos por los aborígenes; sí pensamos en la magnitud, en la calidad, en la riqueza y en la organización tanto del mundo de los aztecas como del de los incas, éste con vías de más de 2.000 kilómetros, que tenían ciudades dignas  de ese nombre por su magnitud, templos y palacios, que acreditan su calidad de vida y gran desarrollo; la existencia de monarquías antiguas, con clases gobernantes, sacerdotal y militar, comparables a las de otros pueblos de la antigüedad, dominadores, como ellos, de muchos otros pueblos, sorprende que Hernán Cortes, con solo trescientos hombres y dieciocho caballos y que Francisco Pizarro, también con pocos hombres y pocos caballos, hayan conquistado y zaqueado los vastos imperios de los Aztecas y de los Incas y, sobretodo, sorprende que siendo guerreros ambos pueblos, lo hayan hecho sin librar siquiera batalla que merezca ese nombre. Pero si pensamos que Moctezuma II, antes de ser Emperador de los Mexicas, había sido sumo sacerdote y que las profecías tanto del pueblo Inca como el del pueblo Azteca, hablaban de que vendrían de oriente unos hombres blancos, barbudos y de pelo claro, que eran los antiguos dioses que al emigrar habían anunciado que volverían por la ruta de oriente, se entiende que los recibieron como tales, con amabilidad, respeto y sumisión y cabe recordar la conclusión de Marx: “La religión es el opio del pueblo.”. A México y al Perú y mayormente al resto de la “Tierra firme” no los conquistaron las armas de los españoles ni de las de los alemanes: Lo hicieron las profecías de sus mayores y sus creencias religiosas.

sábado, 21 de julio de 2012

Capítulo 37. La conquista


La conquista de América fue violenta en toda la extensión del continente: lo fue  la española, la portuguesa, la francesa, la británica y la de los pueblos conquistados o colonizados con los que quedaban por conquistar: es el caso de los pueblos indios de la América del Norte por los emigrantes de todo el mundo, que de trece pequeñas colonias británicas y francesas, lograron formar el imperio más poderoso del mundo contemporáneo, con perros y a bala, hasta la casi total exterminación de la población autóctona.
            La conquista española, que es la que nos interesa, tuvo tres objetivos: la riqueza, la preeminencia social y la evangelización cristiana. La codicia del oro bien conocida para el cronista de indias, Díaz del Castillo, es algo obvio y normal y otros dicen que a la vista o tacto del oro, los conquistadores se ponían como en trance y deseosos de incrementar su riqueza, lo arrebataban a quien lo tuviera. Se cuenta que una vez se encontraron un indígena y un español en el Cuzco y que aquel le preguntó a éste qué comían los españoles y que éste le respondió: oro y esmeraldas.
            El segundo objetivo era preeminencia social que buscaba escapar de la subordinación que tenía en la península y adquirir mando y autoridad sobre otros humanos y reconocimiento de “altos servicios” a la Corona que llevaban a títulos y honores.
            Y la tercera, la evangelización cristiana a los indios. Los conquistadores soldados cumplían esa exigencia evangelizadora porque de su cumplimiento provenían su autoridad y la facultad de explotar a los indígenas; y, por lo tanto, “no veían” que los indios conversos habían caído en sincretismo religioso entre su religión y la cristiana, que habían resuelto el problema religioso, de hondas repercusiones sociales simplemente introduciendo en su culto un nuevo dios;  mas los conquistadores frailes eran fundamentalistas: exigían conversión rápida y total, destruían todo lo indígena como obra del demonio y castigaban con fiereza a aquellos indios que al seguir rindiendo culto a sus antiguos dioses, los habían engañado y así surgió “la leyenda negra” sobre la conquista. Pudiéramos decir como Sor Juana Inés sobre otro tema: “sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis.”

viernes, 20 de julio de 2012

Capítulo 36. 1492: Cubrimiento o descubrimiento de América



Según el punto de vista de cada cual, el 12 de octubre de 1492 es la fecha del Cubrimiento de América o del Descubrimiento de América. La llegada de Cristóbal Colón a América inició una reconfiguración de la historia universal. Ese día se inició el ascenso mundial de la cultura hispánica, el renacimiento y la edad moderna. Hasta ese día los pueblos del Mediterráneo vivieron los últimos vestigios de las culturas romana, musulmana y judía en fraternal abrazo. Su religión era la monoteísta de Moisés en sus tres ramas: la judía, la católica y la mahometana; su Derecho, el Derecho de Roma y su idioma el latín decadente, el del vulgo; pero con la expulsión, meses antes, de los árabes y de los judíos de España y con el descubrimiento, sin conciencia de ello, de América por un italiano, patrocinado por los Reyes Católicos con dinero judío, España se colocó a la cabeza de la cultura occidental, que consolidó con la profetizada conquista de México y del Perú.
El 12 de octubre de 1492, así como inicia el descubrimiento de América a la cultura hispánica y la implantación de su idioma, de su religión, de sus  leyes y costumbres, de su modo de vida, también inicia un cambio trascendental  en estas tierras; la transición de la vida independiente a la colonial. La destrucción de sus ciudades, templos y palacios; de sus dioses y sus representaciones, el silencio de su religión, de su idioma, del derecho, de sus tradiciones y sus concepciones espirituales, es decir, el cubrimiento de América  a la humanidad.
Trajo también las migraciones de plantas, microbios y otros animales e inventos. Los microbios redujeron al mínimo la población indígena: La viruela, el sarampión y la sífilis, casi no dejaron aborigen vivo; las plantas y los animales traídos cambiaron el uso de la tierra, la alimentación y las técnicas de vida. Pero lo más trascendental fue el ingreso de América al mundo capitalista.
En América no se conocía el capitalismo, las tierras eran comunales, como también sus frutos espontáneos o logrados con la colaboración de todos; el oro carecía por completo de valor económico tan solo tenía un valor decorativo.